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La Opinión al Día
El Comisario
Publicado el 12/7/2010
Datos del Autor
Rubén Loetti
Rubén Loetti
Yapeyuano - Escritor (Contador de historias reales), Despachante de aduanas

Allá lejos y hace tiempo, año cuarenta y pico del pasado siglo, existió un comisario de nombre Juan Bautista Uzandizaga. Era un individuo peligroso y de avería, que imponía su autoridad por la fuerza y por el miedo, en una pequeña población de la provincia de Entre Ríos.

Nunca se lo veía uniformado, siempre de civil, quizá para manejar las cosas a su antojo y sin limitaciones, y los hombres de la comarca, preferían no contradecirlo en nada, porque muy rápido se alteraba y cortaba por lo sano y a su manera, es decir, a puñaladas y balazos.

Uzandizaga, aparte de comisario, era un poderoso estanciero y decían las malas lenguas, que al fondo de su establecimiento, en medio de unos cañaverales, tenía un cementerio propio, donde se hallaban enterrados sus enemigos, o los que un día se atrevieron a enfrentarlo.

Se movilizaba en un coche de lujo, modelo 1.925, tablero de madera de nogal, marca Chevrolet. Su chofer, era un hombre de físico pequeño y muy débil de carácter, de sobrenombre “Moncho”, que lo seguía a todos lados como si fuera su propia sombra. Mientras el patrón estaba sobrio, todo era normal, y hasta aseguraban que tenía una gran generosidad. Pero cuando estaba pasado de alcohol, el pobre hombrecito tenía que aguantar todas las reacciones enérgicas de un borracho con poder.

Una de las torturas que debía soportar “Moncho”, era cuando el comisario quería hacer alardes de su infalible puntería. Para mostrarla y mostrarse, colocaba a su chofer a veinte pasos, con una copita de ginebra sobre la cabeza, y de un solo balazo la quebraba en mil pedazos.

En los bailes del pueblo, Uzandizaga se hacía dueño de la pista y de las mujeres. Elegía la que más le gustaba, sin importarle su estado civil. Los maridos o novios, preferían hacerse los desentendidos y miraban para otro lado, ante que correr el riego de ir a parar al cementerio particular que el comisario tenía en los cañaverales, al fondo de su estancia.

Una noche de un día patrio, el boliche del pueblo se vistió de gala. Don Gerónimo, el dueño, organizó un baile, para festejar el 25 de mayo, invitando a todos los vecinos y, por supuesto, al comisario Uzandizaga y su secretario “Moncho”. Ambos llegaron en el auto Chevrolet descapotable, levantando polvo en medio de los ladridos de los perros. El bolichero corrió con el primer porrón de ginebra para el comisario y una limonada para su chofer. Acodado en el mostrador, Uzandizaga comenzó a beber, mientras contaba hazañas donde él, era el héroe central. Cuando terminó el segundo porrón, el comisario se acordó de la ceremonia conocida por todos, y le ordenó a Moncho que se parase delante de una pared pintada de blanco, con la tradicional copita de ginebra sobre la cabeza. El pequeño hombre, muerto de miedo, como presintiendo una desgracia, le hizo caso, encomendándose a todos los santos. El comisario, colocándose a veinte pasos, casi si apuntar, disparó, haciendo volar la copa sin tocarle un pelo de su chofer. Algunos vecinos empujados por miedo, otros por adulones nomás, iniciaron un cerrado aplauso, que fue interrumpido bruscamente por los gritos desgarradores de unos niños. ¿ Que había pasado?.. Ocurrió que la pared delante de la que había mandado a pararse a “Moncho, no era tal. Se trataba de una divisoria de lona de arpillera pintada con cal, donde la bala, luego de pegar en la copita, siguió su trayectoria y se fue a alojar en la cabeza de la dueña de casa, que estaba embarazada de ocho meses. Es decir, que Juan Bautista Uzandizaga, el comisario de la infalible puntería, mató dos personas de un solo tiro.

Por primera vez en su vida, el comisario y hombre fuerte de la zona, sintió miedo. Las miradas acusadoras de todos los presentes, le quemaban la cara. Sin embargo, nadie dijo nada, guardaron un silencio cobarde, interrumpidos por los llantos de los hijos pequeños, tirados sobre el cuerpo de la madre muerta. El comisario le hizo una seña a su chofer, y de un saltó subió a su coche importado, perdiendose en la oscuridad de la noche, despedido esta vez, por los aullidos de los perros.

Anduvo escondido en la capital de Santa Fe algunos meses, hasta que un abogado, contratado por unos caudillos políticos de la zona, pudo demostrar que la mujer murió por una bala perdida, en un tiroteo con unos gauchos que entraron a robar al boliche de don Gerónimo.

Libre de culpa y cargo, el comisario Uzandizaga regresó al pago y realizó una fiesta en el casco de su estancia, con una gran orquesta, abundante comida, barriles de vino y bombas de estruendo. Correspondía una fiesta, porque “se había hecho justicia”.

Con el tiempo, todo pasó al olvido y el comisario volvió a ser el hombre fuerte de la zona. Su palabra volvió a ser ley, y nuevamente se convirtió en el dueño de la vida y la muerte.

Una tarde en que se disputaba un partido de fútbol, disconforme con un fallo, entró a la cancha a increpar al árbitro. Su chofer “Moncho”, como para cumplir, intentó calmarlo, a lo que su patrón le dio un furibundo golpe en la nariz, haciéndole chorrear “chocolate”. No se sabe si fue por el dolor del golpe o por el pánico de otro ataque, que “Moncho”, el débil hombrecito, desenfundó un 22 y desde el suelo disparó repetidas veces contra su patrón, el comisario. Una bala le ingresó por la vejiga y quedo alojada en la médula espinal, dejándolo parapléjico. “Moncho” se incorporó aterrado y velozmente ganó el monte y nunca más se supo de su vida. Su patrón, el comisario Juan Bautista Uzandizaga, el hombre fuerte del pueblo, no pudo dejar más la cama y murió en soledad, sin tener quién le alcance un vaso de agua.

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